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viernes

Los de Diana son ojos tristemente vivos, y cuerpos lamentablemente estables.

- ¿Esperas que hablemos, o has venido para follar?- su voz sonaba seca, ronca y dura, seguramente curtida por el tabaco que diariamente recorría su tráquea en dirección a sus pulmones. El pelo se pegaba a sus sienes, no sabría decir si por la gomina, el sudor provocado por las temperaturas en aquella habitación, u otra cosa. Di se tiró en la cama, estirando el vestido de lino azul por encima de los muslos, dejando ver su carne rosada, abriendo las piernas sin señal de pudor. La cabeza quedó recostada cerca de un cojín, en el cual descansaban las puntas de su pelo raído. En los segundos siguientes solo se pudo escuchar el sonido de la cremallera de la bragueta bajándose y los pantalones deslizándose hasta el suelo. Se colocó encima de ella, con las manos clavándose en las partes que serían delicadas para otra persona, y la embistió sin estar completamente erecto. Dos minutos más tarde, después de una sesión de gemidos incoherentes y movimientos frenéticos del cuerpo, se corrió entre gritos similares a los de un gatito abandonado. 
Diana, con la mayor naturalidad del mundo, se puso en pie, agarrando un par de pañuelos de papel para deslizarlos por entre sus muslos, para después colocarse bien el vestido y quedándose junto al borde de la cama, mirando con sus grandes ojos grises semejantes a un par de rendijas pintadas sobre un lienzo impresionista.
- El dinero está en el bolsillo derecho, puta. - fueron las únicas palabras que necesitó para poner sus pies en movimiento hacia el perchero, coger todo el dinero que encontró y agarrando también todo lo que aparecía en la chaqueta e irse por la puerta de la sucia habitación de motel de mala vida, sin preocuparse de cerrarla ni del frío que sacudía la ciudad a aquellas horas, apretando el dinero contra sus costillas mientras sus pies descalzos rozaban el asfalto.