La ciudad explotaba poco a poco, los cristales de las ventanas caían al suelo como si de polvo se tratase, y los edificios se derrumbaban entre grandes estruendos. O eso parecía, porque sus oídos no registraban ningún sonido, ni siquiera el de su propia voz que se escapaba entre sus labios como un aullido tremendo. Pero se sacó la fuerza de voluntad de la manga y se levantó, tambaleante y cojeando, seguramente con el tobillo tocado o esguinzado, algo de eso. Los cadáveres se desperdigaban por todos lados, y no quedaba nadie en los alrededores, normal, ya se habían ido corriendo cuando vieron que las bombas empezaban a caer, se dijo en voz alta, consciente de que nadie le respondería. Y allí estaba el jersey violeta asomando por entre los escombros, con aquella mancha amarilla de cuando se pintara la habitación y acabaran en guerra de las no pacíficas. Corrió como pudo, arañándose los muslos entre los cristales y las piedras, sin pensar en infecciones, ni en caídas ni en heridas. Y si, junto al jersey estaba él, los ojos vidriosos, las manos inmóviles, el corazón fuera del pecho mirándola con ojos de pena. Se tragó las lágrimas como pudo, dio media vuelta, abrazándose el cuerpo con fuerza, y recogió una chaqueta que había en el suelo, manchada de sangre, pero el frío y las ganas de irse no le permitían tener escrúpulos. Y así se fue de la ciudad, buscando algún medio de transporte que le quitase el dolor y le permitiese irse lejos de allí.
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Lo siento, tengo demasiado ego como para pretender afirmar que me importas más tú que yo misma. -Susurró cuando pensó que estaba lo suficientemente lejos de sus preciosos ojos verdes muertos.
PD: Carnet conseguido, más tiempo
libre se avecina, Flaviani vuelve a la
carga.