' Deseo no haberte conocido, que aquella tarde no hubiésemos tropezado en el medio de tanta gente y tus jodidos sentidos no hubiesen delatado tan abiertamente que serías capaz de todo por mi. Aquella tarde fue mi perdición, y espero que la tuya también. Isaac, ¿sabes qué fue lo único que llegó a gustarme de ti? Que
estabas colgado hasta las articulaciones por mí. Nada más. Por duro que pueda
parecer. Llegué a odiar totalmente esa manía de depender totalmente de lo que
yo hacía o decía, de que intentaras que yo fuese como no era y de tus dotes de
niño chico que no sabía lo que quería. Pero ahí estabas, queriéndome, y como
dicen por ahí, me dejé querer, avasallar y aprendí a disimular todo lo que no
me gustaba de ti. Porque, si ya no estabas tú, ¿quién iba a quererme? A mí, que
me sobran defectos y no se me encuentran virtudes, que voy de dura y en
realidad soy peor, más fría y dura que el diamante y que de cada tres palabras
que digo, cuatro y media son mentiras. Y tú insistías en que yo era lo más similar a la perfección y mis oídos se regaban de tus palabras. Supongo que a cualquier mujer le gusta que le suban el ego, y más si era así, tirado a mis pies deseoso de mi. Pero no todo dura para siempre y me cansé. Y ahora no estás, y realmente, aunque jamás había querido admitirlo y he vivido estos años sonriendo a los cuatro vientos y pretendiendo olvidarte, tengo miedo a que
nadie más me quiera, a que nadie intente encontrar nada bueno en mí aunque no lo haya y todo sea piedra sin más.
Solo te quise porque me querías, porque dependías de mí. Y ahora yo, como una
subnormal, echo de menos como dependía de ti para no estar jodidamente sola y
sentir que el frío me taladra hasta las articulaciones mientras nadie me sostiene. '
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jueves
Con toda la fuerza que tenía, lanzó la botella vacía a través de la habitación. No llegó ni a la mitad, y quedó sobre el viejo suelo de madera haciendo un ligero sonido ronco, como una protesta por el golpe. Su cabeza daba vueltas, la coherencia hacía rato que había desaparecido de su cuerpo, y su equilibrio había tomado el mismo camino, comprobándolo al levantarse del alfeizar de la ventana y cayendo de bruces al suelo. Al cabo de unas horas, que parecían simplemente segundos en su cabeza, sus ojos se dieron cuenta de que su cuerpo había acortado la distancia entre su habitación y la puerta de ella, dejando para el día siguiente lo de notar que el suelo estaba astillado y su ropa rota y llena de manchas enrojecidas, y quedándose para esta madrugada con sentir su respiración, el latir de su corazón en las sienes y el regusto a licor en la lengua llenándole de vacío.
La puerta rebotó contra la pared al ser abierta con brusquedad, pero su cuerpo ni lo notó. Sus pequeños ojos quedaron clavados en él, pero no lo estaban. Tenía una de esas miradas que no se olvidan, de las que te recorren por dentro, se adentran en tus venas y ayudan a tus pulmones a acoger el aire, de esas miradas con las que no se ve ni se mira, simplemente se tiene miedo y pánico. Sus labios entreabiertos mostraban alguna pequeña herida sangrante, secos como el árbol después de la sequía, y sus manos simplemente estaban allí sobre la cama, sin vida, sin vitalidad. El aire apenas entraba por sus pulmones y su pecho estaba completamente inmóvil, viviendo por inercia. Se dejó caer a los pies de la cama, no pudiendo reprimir sus sollozos y las lágrimas que volvían más borrosas su visión de ella observándole sin verle.
- Cuídame... cu... cuídame, y después... después si tienes fuerzas, qui-quiéreme.
La puerta rebotó contra la pared al ser abierta con brusquedad, pero su cuerpo ni lo notó. Sus pequeños ojos quedaron clavados en él, pero no lo estaban. Tenía una de esas miradas que no se olvidan, de las que te recorren por dentro, se adentran en tus venas y ayudan a tus pulmones a acoger el aire, de esas miradas con las que no se ve ni se mira, simplemente se tiene miedo y pánico. Sus labios entreabiertos mostraban alguna pequeña herida sangrante, secos como el árbol después de la sequía, y sus manos simplemente estaban allí sobre la cama, sin vida, sin vitalidad. El aire apenas entraba por sus pulmones y su pecho estaba completamente inmóvil, viviendo por inercia. Se dejó caer a los pies de la cama, no pudiendo reprimir sus sollozos y las lágrimas que volvían más borrosas su visión de ella observándole sin verle.
- Cuídame... cu... cuídame, y después... después si tienes fuerzas, qui-quiéreme.
domingo
típico amor de ni contigo ni sin ti;
Apoyó la espalda en la pared y rodeó sus rodillas con los brazos, notando el frío del suelo contra su piel casi desnuda. Lo que le faltaba ahora era el agua de la lluvia vagando por su piel, pero al mirar hacia arriba no se veía nada más que un sol radiante, un cielo azul que dolía en los ojos, y un par de nubes haciéndose la competencia por cuál era más grande. Casi sin pensarlo se levantó y corrió. La expresión pies en polvorosa era lo más acertado si alguien la veía por el campo, con una única prenda de ropa algo deshilachada, los pies descalzos, la trenza despeinada y el polvo del camino rodeando sus piernas como hiedras en un tronco. No se paró al llegar al lago, sino que se tiró de golpe, dejando resonar el agua contra sus oídos y provocando una estampida generalizada de los gorriones que habitaban los pocos árboles que crecían en el borde, al igual que una liebre que se escapó por el camino por el que ella había venido, dejándose tapar por el polvo levantado. Casi con desesperación empezó a frotar todo el cuerpo, salpicando todo a su alrededor, y llenando sus pulmones de agua con tanto frenesí, hasta que su cuerpo se fue hundiendo sin remedio entre las olas que ella misma había formado.
Otro gran golpe resonó contra el agua, asustando a los pocos gorriones que quedaban en los árboles; las ropas flotaban en el agua impidiendo que los dos cuerpos estuviesen quietos uno contra otro. Lucha encarnizada de carne y agua, con algunos roces de labios y muchos gritos en segundos. Al final los dos cuerpos acabaron en la orilla, tirados sobre la hierba y la tierra, mano sobre mano y las ropas estiradas y manchadas a más no poder. Penélope se levantó en cuestión de milésimas, rompiendo cualquier contacto entre sus pieles, echando a andar por donde había llegado corriendo, dejando en el suelo gotitas de agua como migas de pan en los cuentos. Enfadada, dio media vuelta, se plantó frente a su cara y atrapó sus labios en un beso húmedo y furioso, mordiendo el labio inferior hasta hacer sangre y llorando a la vez, con las manos en sus mejillas y la fuerza reflejada, dejando que el beso no durase más de unos segundos; los suficientes. Y volvió a poner sus pies en el camino, moviendo ritmicamente sus muslos mientras el agua resbalaba por ellos.
- Estoy harta de tus tonterías, Helena, se acabó, ¡joder, esto no es normal!
Otro gran golpe resonó contra el agua, asustando a los pocos gorriones que quedaban en los árboles; las ropas flotaban en el agua impidiendo que los dos cuerpos estuviesen quietos uno contra otro. Lucha encarnizada de carne y agua, con algunos roces de labios y muchos gritos en segundos. Al final los dos cuerpos acabaron en la orilla, tirados sobre la hierba y la tierra, mano sobre mano y las ropas estiradas y manchadas a más no poder. Penélope se levantó en cuestión de milésimas, rompiendo cualquier contacto entre sus pieles, echando a andar por donde había llegado corriendo, dejando en el suelo gotitas de agua como migas de pan en los cuentos. Enfadada, dio media vuelta, se plantó frente a su cara y atrapó sus labios en un beso húmedo y furioso, mordiendo el labio inferior hasta hacer sangre y llorando a la vez, con las manos en sus mejillas y la fuerza reflejada, dejando que el beso no durase más de unos segundos; los suficientes. Y volvió a poner sus pies en el camino, moviendo ritmicamente sus muslos mientras el agua resbalaba por ellos.
- Estoy harta de tus tonterías, Helena, se acabó, ¡joder, esto no es normal!
Con un manotazo apartó una simple hierba alta que había en el camino, sin detenerse ni un momento, frotándose los labios con la otra mano frenéticamente, volviendo a correr por el sendero y con el polvo otra vez rodeando sus piernas, con la diferencia de que esta vez quedaban pegados en ellas.
- Yo no estoy harta de quererte.
Gritó Helena, dejándose la voz y el aire de los pulmones mientras la veía marcharse, sentada en el suelo con su vestido empapado.
- Yo no estoy harta de quererte.
Gritó Helena, dejándose la voz y el aire de los pulmones mientras la veía marcharse, sentada en el suelo con su vestido empapado.
martes
Amada libertad, no vengas si no es para quedarte.
Temblaba su sonrisa como las hojas del viejo árbol que se encontraba en el patio, en pleno otoño y todavía aguantando estoicamente contra el viento. Cada vez esos pasillos se le hacían más angostos, más complicados de recorrer, y las paredes le parecían estúpidamente apretadas, no encontraba lugar ni para el aire que debería de respirar. Llegando hasta su puerta se dio cuenta de que le costaba la vida seguir sosteniendo la sonrisa, y se dejó llevar apoyando la frente contra el marco de esta y procurando encontrar un ritmo lento a su respiración. Tenía el cuerpo tenso, las venas en plena huelga para no querer transportar la sangre, y los ojos negándose incluso a llorar. Era de las primeras veces que no se escuchaba ruido ninguno en su habitación, que todo estaba tranquilo, que los gritos no le traladraban la mente. Los echaba de menos, necesitaba escuchar su voz aunque fuese de esa manera angustiosa, temida.
Al entrar dejó que los ojos se dirigiesen al suelo, al montón de prendas tiradas por doquier, para después dejarlos vagar por la cama, por el cuerpo consumido que se encontraba tendido en ella, los huesos apenas rodeados por piel que antes tanto quería amar y que ahora solo deseaba proteger. Su largo pelo se desparramaba por junto su espalda, sus brazos abrazados a sus rodillas, su cuerpo temblando y las vendas bien apretadas en las muñecas. Agarró la manta del suelo, y sentándose en el borde de la cama, dejó la manta sobre sus rodillas, esperando a que sus ojos se abriesen para él.
Le miró, no había furia ni tampoco ira como antaño, sus pestañas ya no parecían tan inmensas y el azul de sus iris estaba tan apagado como lo estaba su cuerpo, y su alma se notó tan pesada por la pena que no le quedó más remedio que desviar la mirada hasta sus pies, cerrando después los ojos con fuerza.
- ¿Como ayer, Penélope?
Susurró con los dientes temblando, volviendo a dirigir la mirada hacia ella con suavidad, respirando hondo al ver que ella asentía. Se acostó a su lado, dejando su frente pegada a la de ella, su pecho rozando con sus rodillas y sus manos, y dejó que la manta cubriese ambos cuerpos, acariciando su costado hasta lograr que el cuerpecito de pájaro aprisionado entrase en calor.
domingo
Is this the end of the moment, or just a beautiful unfolding of a love that will never be for you and me?
No podía más que sorprenderse de lo que estaba viendo. Seguramente era la primera vez que veía esa expresión tan relajada en su rostro, y eso que asomaba a sus labios parecía una media sonrisa, que le llego hasta lo más hondo sin apenas darse cuenta. Se acercó a ella con cuidado y, agarrando la manta, la cubrió con ella para que el frío de la noche no se apropiara de sus débiles huesos, no quería verla tiritar, aunque seguro que el sonido de sus dientes castañeando sería precioso, como ella. En ocasiones pensaba que no era justo que ella estuviese en ese lugar, que el sanatorio no era lugar para encerrar a alguien que seguramente amaba la libertad, pero también sabía que era por su bien, que los intentos de hacerse daño estaban clavados en su piel y en sus huesos, y lo que más deseaba era poder extirparle la amargura de su interior y devolverle a esos ojos el brillo de la alegría que deberían tener. Y lo máximo que podía hacer era vigilarla a todas horas para no dejar que se fuese.
En momentos como ese era cuando creía que merecía la pena todas las noches en vela delante de la puerta, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, las mangas de la camisa arremangadas y los sentidos a flor de piel, por sonrisas como esa, a escondidas, podría hacer lo que fuese por ella. Qué tonto eres, Isaac, por pretender querer a alguien loco, pensaba casi a cada momento, y sabía que nunca podría pasar nada o se vería arrastrado al ostracismo en su profesión y en la ciudad, pero ella tal vez merecía todo eso.
La vio revolverse plácidamente debajo de la manta, como sus pies se movían lentamente y su mano pasaba a posarse bajo su mentón, con un dedo acariciando casi imperceptiblemente la comisura de su labio. Y veía sus labios moverse rítmicamente, escuchándose el susurro de su voz estrellándose contra el aire, y se acercó a su boca solo para escucharla, permitiéndose el roce de su aliento en sus labios, justo en el momento en el que ella pronunció un nombre claramente, con la voz rota.
- Helena....
La expresión cambió, tanto la de ella como la de él. Pudo ver como sus labios perdían la expresión alegre y sincera del principio y se convertían en una mueca congelada de inexpresión, como su cuerpo parecía quedarse completamente quieto, y su aliento se perdía entre la noche. Y tal vez, solo tal vez, si en esa habitación hubiese un espejo, podría haber visto como en su cara cruzaba una expresión muy parecida al dolor y a la decepción.
En momentos como ese era cuando creía que merecía la pena todas las noches en vela delante de la puerta, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, las mangas de la camisa arremangadas y los sentidos a flor de piel, por sonrisas como esa, a escondidas, podría hacer lo que fuese por ella. Qué tonto eres, Isaac, por pretender querer a alguien loco, pensaba casi a cada momento, y sabía que nunca podría pasar nada o se vería arrastrado al ostracismo en su profesión y en la ciudad, pero ella tal vez merecía todo eso.
La vio revolverse plácidamente debajo de la manta, como sus pies se movían lentamente y su mano pasaba a posarse bajo su mentón, con un dedo acariciando casi imperceptiblemente la comisura de su labio. Y veía sus labios moverse rítmicamente, escuchándose el susurro de su voz estrellándose contra el aire, y se acercó a su boca solo para escucharla, permitiéndose el roce de su aliento en sus labios, justo en el momento en el que ella pronunció un nombre claramente, con la voz rota.
- Helena....
La expresión cambió, tanto la de ella como la de él. Pudo ver como sus labios perdían la expresión alegre y sincera del principio y se convertían en una mueca congelada de inexpresión, como su cuerpo parecía quedarse completamente quieto, y su aliento se perdía entre la noche. Y tal vez, solo tal vez, si en esa habitación hubiese un espejo, podría haber visto como en su cara cruzaba una expresión muy parecida al dolor y a la decepción.
miércoles
Las cosas inverosímiles también sirven para provocar dolor.
Las heridas cubrían sus brazos y sus piernas, algunas en sus mejillas, arañazos como si un gato se hubiese paseado a sus anchas durante semanas por su cuerpo, afilando las uñas entre sus poros e intentando dibujar un cuadro abstracto sobre tu piel. Tenía la ropa tirada en el suelo, completamente desnuda y enrollada en las sábanas en la cama cuando él entró, despacio, sin casi hacer ruído.
- Lárgate, no sé ni para qué vienes.
Cerró la puerta sin dejar de mirarla, pero quieto para que ella no saltase a su yugular de manera literal pretendiendo que se fuese de aquí. Llevaba toda la noche en la puerta, escuchándola gimotear y patalear, sin atreverse a entrar por miedo a lo que pudiese pasar. No podía parar de mirar las sábanas, llenos de pequeños regueros de sangre por doquier, como un estampado que podría haber pasado inadvertido por cualquier persona ajena a ellos.
- Ya ves, dejarme las uñas largas vale para algo.
Su voz sonaba lejana, sin la alegría que antes podía haber tenido. Deseó poder haberla conocido antes de que ella hubiese terminado aquí, tenía unas mejillas echas para levantarse por la risa, y seguro que, si alguna vez volvía a reír, su risa podría enamorar a un ejercito de gorriones cantarines. Pero las cosas nunca eran tan sencillas como cualquiera pudiese pedir.
- Me parece increíble, Penélope, que en tu afán de hacerte daño, hasta decidas dejarte largas las uñas.
- Lárgate, no sé ni para qué vienes.
Cerró la puerta sin dejar de mirarla, pero quieto para que ella no saltase a su yugular de manera literal pretendiendo que se fuese de aquí. Llevaba toda la noche en la puerta, escuchándola gimotear y patalear, sin atreverse a entrar por miedo a lo que pudiese pasar. No podía parar de mirar las sábanas, llenos de pequeños regueros de sangre por doquier, como un estampado que podría haber pasado inadvertido por cualquier persona ajena a ellos.
- Ya ves, dejarme las uñas largas vale para algo.
Su voz sonaba lejana, sin la alegría que antes podía haber tenido. Deseó poder haberla conocido antes de que ella hubiese terminado aquí, tenía unas mejillas echas para levantarse por la risa, y seguro que, si alguna vez volvía a reír, su risa podría enamorar a un ejercito de gorriones cantarines. Pero las cosas nunca eran tan sencillas como cualquiera pudiese pedir.
- Me parece increíble, Penélope, que en tu afán de hacerte daño, hasta decidas dejarte largas las uñas.
sábado
Tal vez has pensado en renunciar, yo aún no.
El espejo le devolvía su imagen tal y como era, no como había pensado todo ese tiempo, y ahora apenas se reconocía. No por los quilos de menos que se notaba que su cuerpo albergaba, ni por la piel flácida que se juntaba en sus brazos, inservible, ni por esas rodillas nudosas que apenas la sostenían erguida. No reconocía aquellos rasgos duros y puntiagudos, aquella mirada penetrante y oscura que se alojaba en aquellas cuencas de su casa, esa actitud desafiante e ingeniosa que hasta la mantenía a raya a ella misma.
El grito se escuchó por toda la casa, los espejos incluso parecían gritarle a ella por todo aquel tiempo que los había tenido encerrados bajo llave en aquella habitación, y sus rasgos se volvieron locos, con todos los significados de la palabra. Empezó a arrancarse las telas que cubrían su piel y que dificultosamente podrían llamarse ropa, tiró de su cabello y deslizó profundamente sus uñas por la piel formando surcos rojizos, y rompió cristales y venas a partes iguales, llenando todo de polvo de cristal mezclado con sangre y gritos, sintiendo sus venas vacías y acabadas, sintiéndose por primera vez protagonista de alguna vida que no había tenido que robar.
El grito se escuchó por toda la casa, los espejos incluso parecían gritarle a ella por todo aquel tiempo que los había tenido encerrados bajo llave en aquella habitación, y sus rasgos se volvieron locos, con todos los significados de la palabra. Empezó a arrancarse las telas que cubrían su piel y que dificultosamente podrían llamarse ropa, tiró de su cabello y deslizó profundamente sus uñas por la piel formando surcos rojizos, y rompió cristales y venas a partes iguales, llenando todo de polvo de cristal mezclado con sangre y gritos, sintiendo sus venas vacías y acabadas, sintiéndose por primera vez protagonista de alguna vida que no había tenido que robar.
viernes
Lo indicado no es más que lo equivocado camuflado.
Tenía los dedos tan apretados contra las sienes que incluso parecían volverse translúcidos, y llegando a ver los pequeños resortes que estaban bajo la piel. Otra vez le costaba respirar, y no conseguía fijar la mirada en un punto de la grisácea pared de la habitación, y también sentía el estómago contraído y las nauseas volviendo a recorrer la tráquea. Intentó clavarse las uñas en las sienes, pero de tan mordidas que estaban no llegaban a arañar, así que optó por los tirones de pelo, enredando los mechones en los dedos, y alejando las manos de su cabeza. En ese momento se abrió la puerta y él entró casi corriendo, atrapando sus manos detrás de la espalda y presionando su cuerpo contra el de ella hacia la cabecera de la cama. Ni siquiera tenía la maldita idea de apretar fuerte sus dedos en las muñecas de ella para que al menos se dolor se manifestase por algún lado, y no le quedó más remedio que forcejear para intentar conseguir lo que anhelaba por todos los medios, pero era demasiado fuerte para ella, y terminó por rendirse, relajando los músculos, ahora solamente algo entumecidos, y apoyando la cabeza cerca del cojín que alguna vez le habían mandado desde casa.
- Esperaré por ti, Penélope.
Las palabras parecieron recorrer los poros de su piel sin transpasarla, yéndose de la misma manera en que habían venido, y al fin encontró el punto que podría mirar en la pared, algún pequeño resquicio de corte que tenía el acolchado de la pared.
lunes
Penélope es la más dulce fantasía de dolor.
Sus palabras no sonaban más vacías porque eso sería imposible, tanto vacío en una persona podría parecer imposible, pero podía observar desde kilómetros el agujero negro que era.
- Ilme, tendrás que cogerme tú la manta, no llego tan arriba.
La observé tan pequeña, con sus piernecitas temblando al sostenerla, sus rodillas chocándose y sus muslos transparentados con el vestido mojado. Esos mismos muslos que hace tiempo me encargué de mimar a mi manera, cuando ella aún era capaz de sonreír y de hacer sonreír con esas manos. Me quedé embobado sin dejar de mirarla, cuando daba saltitos para intentar llegar al alto del armario, con el vestido pegándosele a las formas y levantándose de forma que viese su espalda, un trozo de su vientre y la cicatriz. Estaba tan preciosa de esa manera que me negué a mi mismo el hacer que parase, porque era la primera vez desde hacía meses que hacía algo que requería alguna emoción. Pero al momento dejó de saltar, quedándose quieta, mirando sus pies, con los brazos caídos a los lados de su cuerpecito, y un hilito de sangre recorriendo su pierna y llegando hasta el suelo.
- Ilme, tendrás que cogerme tú la manta, no llego tan arriba.
La observé tan pequeña, con sus piernecitas temblando al sostenerla, sus rodillas chocándose y sus muslos transparentados con el vestido mojado. Esos mismos muslos que hace tiempo me encargué de mimar a mi manera, cuando ella aún era capaz de sonreír y de hacer sonreír con esas manos. Me quedé embobado sin dejar de mirarla, cuando daba saltitos para intentar llegar al alto del armario, con el vestido pegándosele a las formas y levantándose de forma que viese su espalda, un trozo de su vientre y la cicatriz. Estaba tan preciosa de esa manera que me negué a mi mismo el hacer que parase, porque era la primera vez desde hacía meses que hacía algo que requería alguna emoción. Pero al momento dejó de saltar, quedándose quieta, mirando sus pies, con los brazos caídos a los lados de su cuerpecito, y un hilito de sangre recorriendo su pierna y llegando hasta el suelo.
He vuelto, con las pilas cargadas en negativo, y muchas ganas.
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